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El traductor como lector-autor

El siguiente es un ejercicio en redacción en mi primer idioma natal, el español. Quizás algunos lectores se sientan obligados a pedirme la versión en inglés (háganlo, si así lo desean).

Note: this posting is an exercise in Spanish writing, and Spanish is my first mother tongue. If you’d like to read this post in English, kindly ask me via a comment or email. Thank you.

Algunos de mis colegas ya saben que estoy matriculado en un programa de doctorado en traducción y terminología. Aclaro que más me interesa la traducción que la terminología; esta última es una disciplina multidisciplinar (como lo es la traducción o los llamados estudios de traducción) que merece su nota de bitácora por separado.

Una de las cuestiones que ha venido aguijoneándome desde hace años es la enseñanza de la traducción. Y el móvil de estos pensamientos surgió en un rincón inesperado: la redacción técnica en inglés. Allá por 1997 me había matriculado en una clase (tres horas crédito) dictada por un profesor de origen armenio o persa, muy afable y organizado. El programa, ofrecido por Cal State-Fullerton, se centraba más en los principios de redacción técnica más que en los programas informáticos que más de moda estaban entre los comunicadores técnicos del momento, como RoboHelp, DreamWeaver, FrontPage y Quark Xpress.

¿Acaso podemos enseñar a otros a escribir? La pregunta es un poco tautológica y también se contesta sola en caso afirmativo. Todos aprendemos a hablar en la cuna cultural que nos toca. En esa aula de la vida y la familia, aprendemos los sonidos que refieren a esos glifos y símbolos que llamamos ya sea letras, palabras, idiogramas o pictogramas (según seamos de ascendencia europea, china o polinesia, etc.). A medida que aprendemos a dominar el encadenamiento de sonidos y palabras, vamos nombrando ideas, sentimientos, cosas y conceptos, en medio del ensayo y el error. Claro, cometíamos muchísimos errores, que a nuestros mayores a veces les parecían graciosos, encantadores, tontos o una combinación de todo ello. Siempre me maravilló pensar en que un niñito que yerra mientras aprende a hablar y a expresarse poco le importa que se rían de él. Es más, toma las risas y bromas como parte del aprendizaje, sin internalizarlas ni guardarlas. Comparemos esa circunstancia con la del adulto cualquiera que reacciona con un gesto ofendido cuando se le corrige la escritura, la puntuación o la gramática.

Aprender a leer es ese puente que todos cruzamos a tientas hasta que podemos expresarnos por escrito. Es una labor ardua y disciplinada que nos lleva mucho más esfuerzo que aprender a hablar. Y hay varios estadios de aprendizaje y de dominio, desde el nivel del tercer grado (por un ejemplo) hasta la categoría universitaria y más allá. Descubrimos, de adultos, que el habla y la escritura se especializan cada vez más tanto por razones tanto tribales como profesionales.

Aprender a escribir es una actividad continua que nos lleva toda la vida. A menos que decidamos quedarnos en un estadio, como el del trabajador en una fábrica de zapatillas, contentos con lo alcanzado y sin que nos interesen otras áreas del conocimiento, siempre necesitaremos armarnos de nuevos vocabularios y nuevos recursos retóricos para expresarnos por escrito.

Hay quienes están satisfechos con dar el siguiente parte sobre las vacaciones de una semana tomadas el verano pasado: “La pasé muy bien/Me divertí muchísimo/La ciudad era espectacular/Hice muchos amigos/Visité varios museos” y así sucesivamente. Los parlamentos se acortan, aunque desestimo la primera razón que nos parece obvia: que estamos apurados en la vida. No, no lo creo. Otro ejemplo es responder al amigo o pariente que nos ve luego que hemos visto una película de estreno. Solícitamente nos pregunta: “¿Cómo fue la película? ¿De qué se trataba?” Y le contestamos con frases remanidas como “¡Estuvo fantástica!/Era un drama basado en hechos reales ocurridos en la Alemania del siglo XIX/Era una de aventuras con Hombre-Araña y Tor; me gustaron las actuaciones y los efectos especiales”.

Y ahí se terminan nuestras habilidades redactoras.

Uno de los ejercicios que daba a mis alumnos de traducción años atrás era el de escribir un trozo de 150-200 palabras en el que me describieran un paseo, un monumento, una visita a una ciudad, etc. En lugar de recurrir a las expresiones cuasineandertálicas (si se me permite el humor), estos alumnos se veían entre impulsados y forzados a describir, armar oraciones complejas, usar varios tiempos verbales, además de adverbios, frases preposicionales y otros recursos conocidos pero caídos en desuso. Claro, algunos de los trabajos se leían como relatos formulistas y preenvasados, pero era un buen paso.

Traducir es leer y (re)escribir lo leído. Para que la traducción no se lea formulista ni tenga todas las características de un texto zombi, hay que cultivar buenos hábitos de lectura, los cuales siempre informarán nuestros hábitos de escritura. Es indispensable ir más allá de leer textos en nuestros idiomas natales; hay que seleccionarlos con cuidado, sin temor a equivocarnos. Ya sean libros, revistas, artículos, ponencias, intervenciones, libros, folletos, afiches, almanaques, tarjetas, etcétera, todo es útil. Que nada escape a nuestro ojo crítico.

Nuestros ojos son como un segundo cerebro que desempeña actividades tanto cuando están abiertos como cuando están cerrados. ¿O acaso no han cerrado los ojos cuando escuchan una melodía o después de leer un pasaje, a fin de visualizar lo escuchado o lo leído? Los ojos no son simplemente faros ni detectores de modelos visuales (pattern scanners). Es posible desarrollar y cultivar una vista estereoespacial, a la manera del sonido estereofónico, donde podamos aprehender diferentes pieles textuales, distintos matices y colores en las palabras. Si aprendemos o reaprendemos el arte de la lectura, más allá de su obvia utilidad cotidiana, estoy seguro de que podremos aprender a escribir con una soltura aún por descubrir, en la cual nos podamos reconocer.

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